Skip to main contentSkip to footer

Un día de otoño en el pantano.

Para este cuadro, elegí interpretar un motivo que nunca había pintado antes, un pantano. Para recrear este terreno especial, pensé en cómo transmitir al espectador la superficie del pantano, un suelo esponjoso en el que se hunden los pies al andar. En esta ocasión decidí dar un descanso a los pinceles, y en su lugar pinté con un pequeño rodillo y una esponja en diferentes tonos de ocre y terracota. La idea era interpretar un día de otoño en mitad de octubre con un cielo gris claro, una pequeña bruma en el horizonte donde se vislumbra el borde del bosque con pinos, abetos y algunos árboles de hoja en colores otoñales. Un pequeño pino ha arraigado sus raíces en el pantano, una vieja valla de madera gris se ha derrumbado lentamente después de una larga vida  evitando acumulaciones de nieve que podrían provocar que la carretera rural fuera intransitable.

Mi amor y odio por el pantano.

Cuando era pequeña, se recolectaban muchas bayas que luego se encurtían y se licuaban para llenar la despensa y el congelador para aguantar el largo invierno. En esa época, no me hacia especial ilusión cuando mis padres hacían planes para irnos a recoger las frutas del bosque. Pensaba que las moras que crecen en el pantano eran las más aburridas de recolectar. Algunos años había muchas bayas, mientras que otros años teníamos que ir muy lejos para llenar un cubo, y como estas bayas tienen mucha agua se iban deshaciendo en el cubo. Mi padre solía decir; no nos vamos a casa hasta que nuestros cubos están llenos. Recuerdo que me aquel día pareció interminable. Sin embargo, debo admitir que también tengo buenos recuerdos de nuestras excursiones. Las moras que son dulces y sabrosas, pero saben aún mejor si te las puedes comer tal cual las recoges del pantano. Lo mejor fue cuando recogimos moras cerca de Granåsen porque nos acompañaron mis tíos, dos leñeros muy fuertes que estaban más que encantados de llevar a la «pequeña kimpen» (yo) sobre sus hombros, cuando mis botas se hundían en el pantano y mis piernas no aguantaban más. Otro momento buenísimo fue cuando mi madre sacó bocadillos, café y chocolate caliente de la mochila. Pocas veces el café sabe tan bien como en la naturaleza. Esta pintura refleja el pantano después de la temporada de moras, pero quién sabe, quizás pintaré otra obra de un pantano en verano con el “oro del bosque”, hjortron (en sueco).  Si tu también tienes raíces del norte  quizás mi cuadro te trae buenos recuerdos. Puedes encontrar la obra en la categoría Laponia, otoño.

Entrada anterior
Abetos.
Entrada siguiente
Lavanda.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.